Una sociedad en crisis de autoridad
Una sociedad en crisis de autoridad
Martes, 07 de noviembre de 2006
elconfidencial.com
Hay numerosos síntomas -actos vandálicos, comportamientos asociales, ausencia de civismo- que son explicados como la consecuencia directa de la falta de autoridad en nuestras sociedad, como el resultado de un entorno permisivo que no sanciona las conductas socialmente lesivas. Pero para entender la magnitud de las transformaciones deberíamos constatar, en primer lugar, que las figuras de referencia están desapareciendo de nuestra sociedad. Desde luego, porque los personajes públicos no lo son por su ascendente ético. También porque las profesiones más prestigiosas en el pasado cada vez generan menos confianza. Y algunas de ellas, como la política o la judicatura, suscitan notables recelos.
Lo que ocurre, según Juan Carlos Jiménez, profesor de sociología en la Universidad San Pablo-CEU, es que “el concepto tradicional de autoritas se ha perdido. Esa persona investida de autoridad, al que se le concedía un reconocimiento en función del lugar que ocupaba o al que se reconocía una cualidad especial que le hacía susceptible de ser escuchada, ya no está presente en nuestro suelo social”. Por el contrario, “el poder no está en crisis, sino que quien lo tiene lo ejerce de una forma más fuerte”.
José Antonio Ibáñez, Catedrático de Filosofía de la Educación en la Universidad Complutense de Madrid, abunda en esa diferencia entre poder y autoridad. “El poder sirve para organizar la convivencia en un grupo – lleva a la práctica las decisiones adoptadas, otorga las recompensas sociales, etc. – y se legitima en la medida en que busca el bien común. Si un gobernante sólo buscase forrarse, el poder quedaría deslegitimado”. La autoridad apuntaría en otro sentido y consistiría en “la capacidad de una persona de ser escuchada por su comportamiento moral o por su fiabilidad en el conocimiento”. Para Ibáñez, ambas son escasamente apreciadas en nuestro tiempo: “Nos encontramos en una situación de crisis tanto en el poder (percibimos que los políticos gobiernan en su propio interés) como en el de la autoridad (no se suele otorgar ese reconocimiento especial a casi nadie)”.
Una vida sin trabas
Para Alejandro Navas, profesor de sociología en la Universidad de Navarra, las causas de la crisis de autoridad son diversas. “En un contexto cultural amplio, surgen de la manera moderna de entender la libertad, vivida como emancipación, como una vida sin trabas ni tabúes (que provendrían de la tradición, de la religión o de la naturaleza). En el contexto político, la democracia acentúa esta visión, poniendo el poder en manos del pueblo (que decide quién gobierna, al menos en principio), y subrayando la importancia de la autonomía. Y en el ámbito educativo, vendría de una pedagogía antiautotaria, que se plasma en la LOGSE pero también en leyes anteriores, y que ha terminado no sólo por devaluar la autoridad sino por menospreciar valores considerados secundarios, como la limpieza, el orden, la puntualidad o la buena educación”.
María García Amilburu, profesora de Teoría e Historia de la Educación de la UNED, encuentra una de las principales causas en los cambios en la familia. “Allí es donde el individuo se socializa, la primera inserción en la sociedad se produce a su través. Y si ahí se pierde la autoridad, bien sea porque los padres están trabajando todo el día y para compensar dan a los hijos todos los caprichos, bien porque los progenitores separados traten de ganarse a los hijos a base de ceder, el niño ya crecerá sin ella. Si en la familia no hay autoridad, es difícil que la haya en la sociedad”.
Habría otros motivos, según José Antonio Ibáñez, y podríamos encontrarlos tanto en las costumbres como en los esquemas de pensamiento. “La cualificación moral de la persona entra en crisis porque ahora no hay diferencia entre bueno y malo: lo bueno es lo que uno decide hacer. Tampoco se tiene en estima el concepto “realidad” porque se entiende que ésta no existe, que todo es objeto de construcción”. De esta forma, “no puede haber referentes claros: nadie puede decir lo que está bien o mal porque esas categorías no están en la discusión”.
Promover el porro
Para Juan Carlos Jiménez, un elemento fundamental para explicar las transformaciones sería “la mala comprensión del concepto tolerancia. Esto es muy claro en la sociedad española, que de ser muy autoritaria ha pasado a tolerar cualquier cosa; todo parece aceptable mientras no le afecte a uno”. Para Alejandro Navas, “todos estos cambios han sido acentuados por la forma de pensar de la izquierda. Tenemos una generación a la que nadie ha inculcado valores ni sentido del respeto, lo que está provocando comportamientos asociales y desorientación. Si nos fijamos en lo que pasó en Madrid con Enrique Tierno y vemos lo que ocurre ahora en Barcelona con Clos, nos daremos cuenta de que forman parte de lo mismo. Freud distinguía entre el principio del placer y el de la realidad: la izquierda se apunta al primero y la derecha al segundo. Eso está en su talante, promover el porro, pasarlo bien. Pero si haces eso, produces deterioro social y tienes que acabar publicando nuevas ordenanzas represivas. Tienes que prohibir cosas como defecar o copular en público, comportamientos incívicos que antes has favorecido”.
Parecería necesario, en opinión de los expertos, que la autoridad volviera a estar de moda. Pero advierte Juan Carlos Jiménez del peligro de los movimientos pendulares: “Que estemos en un momento de pérdida de autoridad no quiere decir que debamos volver a elementos antiguos para compensar. Hay que tener en cuenta que la autoridad debe ser una guía y no una imposición; no se trata de volver a un poder máximo”. Coincide María García, para quien “no debemos regresar al autoritarismo. Toda sociedad organizada, necesita de autoridad para que funcionen las cosas. Pero ésta debe basarse en la confianza; de otro modo, sólo existe la imposición del que tiene más fuerza, poder o dinero”.
La búsqueda del bien
Una de las prioridades, para José Antonio Ibáñez, sería “recordar a todo el mundo la importancia de la educación en el bien y en la búsqueda del bien. Hemos de saber definirlo y defenderlo tanto en nuestra vida personal como en la vida social”. Además, en el ámbito político “debería hacerse un esfuerzo para rechazar a aquellas personas que no estén preocupadas por el bien común y que sólo pretendan continuar en el poder. Se puede participar de mil maneras, incluso mandando cartas a los medios de comunicación, pero nadie puede sentirse ajeno”.
Un último elemento sería, según Juan Carlos Jiménez, “el establecimiento de reglas de convivencia. Faltan criterios: el hecho de que ahora se esté promoviendo una asignatura como la educación para la ciudadanía sólo puede explicarse porque se han perdido las normas de convivencia”.
Martes, 07 de noviembre de 2006
elconfidencial.com
Hay numerosos síntomas -actos vandálicos, comportamientos asociales, ausencia de civismo- que son explicados como la consecuencia directa de la falta de autoridad en nuestras sociedad, como el resultado de un entorno permisivo que no sanciona las conductas socialmente lesivas. Pero para entender la magnitud de las transformaciones deberíamos constatar, en primer lugar, que las figuras de referencia están desapareciendo de nuestra sociedad. Desde luego, porque los personajes públicos no lo son por su ascendente ético. También porque las profesiones más prestigiosas en el pasado cada vez generan menos confianza. Y algunas de ellas, como la política o la judicatura, suscitan notables recelos.
Lo que ocurre, según Juan Carlos Jiménez, profesor de sociología en la Universidad San Pablo-CEU, es que “el concepto tradicional de autoritas se ha perdido. Esa persona investida de autoridad, al que se le concedía un reconocimiento en función del lugar que ocupaba o al que se reconocía una cualidad especial que le hacía susceptible de ser escuchada, ya no está presente en nuestro suelo social”. Por el contrario, “el poder no está en crisis, sino que quien lo tiene lo ejerce de una forma más fuerte”.
José Antonio Ibáñez, Catedrático de Filosofía de la Educación en la Universidad Complutense de Madrid, abunda en esa diferencia entre poder y autoridad. “El poder sirve para organizar la convivencia en un grupo – lleva a la práctica las decisiones adoptadas, otorga las recompensas sociales, etc. – y se legitima en la medida en que busca el bien común. Si un gobernante sólo buscase forrarse, el poder quedaría deslegitimado”. La autoridad apuntaría en otro sentido y consistiría en “la capacidad de una persona de ser escuchada por su comportamiento moral o por su fiabilidad en el conocimiento”. Para Ibáñez, ambas son escasamente apreciadas en nuestro tiempo: “Nos encontramos en una situación de crisis tanto en el poder (percibimos que los políticos gobiernan en su propio interés) como en el de la autoridad (no se suele otorgar ese reconocimiento especial a casi nadie)”.
Una vida sin trabas
Para Alejandro Navas, profesor de sociología en la Universidad de Navarra, las causas de la crisis de autoridad son diversas. “En un contexto cultural amplio, surgen de la manera moderna de entender la libertad, vivida como emancipación, como una vida sin trabas ni tabúes (que provendrían de la tradición, de la religión o de la naturaleza). En el contexto político, la democracia acentúa esta visión, poniendo el poder en manos del pueblo (que decide quién gobierna, al menos en principio), y subrayando la importancia de la autonomía. Y en el ámbito educativo, vendría de una pedagogía antiautotaria, que se plasma en la LOGSE pero también en leyes anteriores, y que ha terminado no sólo por devaluar la autoridad sino por menospreciar valores considerados secundarios, como la limpieza, el orden, la puntualidad o la buena educación”.
María García Amilburu, profesora de Teoría e Historia de la Educación de la UNED, encuentra una de las principales causas en los cambios en la familia. “Allí es donde el individuo se socializa, la primera inserción en la sociedad se produce a su través. Y si ahí se pierde la autoridad, bien sea porque los padres están trabajando todo el día y para compensar dan a los hijos todos los caprichos, bien porque los progenitores separados traten de ganarse a los hijos a base de ceder, el niño ya crecerá sin ella. Si en la familia no hay autoridad, es difícil que la haya en la sociedad”.
Habría otros motivos, según José Antonio Ibáñez, y podríamos encontrarlos tanto en las costumbres como en los esquemas de pensamiento. “La cualificación moral de la persona entra en crisis porque ahora no hay diferencia entre bueno y malo: lo bueno es lo que uno decide hacer. Tampoco se tiene en estima el concepto “realidad” porque se entiende que ésta no existe, que todo es objeto de construcción”. De esta forma, “no puede haber referentes claros: nadie puede decir lo que está bien o mal porque esas categorías no están en la discusión”.
Promover el porro
Para Juan Carlos Jiménez, un elemento fundamental para explicar las transformaciones sería “la mala comprensión del concepto tolerancia. Esto es muy claro en la sociedad española, que de ser muy autoritaria ha pasado a tolerar cualquier cosa; todo parece aceptable mientras no le afecte a uno”. Para Alejandro Navas, “todos estos cambios han sido acentuados por la forma de pensar de la izquierda. Tenemos una generación a la que nadie ha inculcado valores ni sentido del respeto, lo que está provocando comportamientos asociales y desorientación. Si nos fijamos en lo que pasó en Madrid con Enrique Tierno y vemos lo que ocurre ahora en Barcelona con Clos, nos daremos cuenta de que forman parte de lo mismo. Freud distinguía entre el principio del placer y el de la realidad: la izquierda se apunta al primero y la derecha al segundo. Eso está en su talante, promover el porro, pasarlo bien. Pero si haces eso, produces deterioro social y tienes que acabar publicando nuevas ordenanzas represivas. Tienes que prohibir cosas como defecar o copular en público, comportamientos incívicos que antes has favorecido”.
Parecería necesario, en opinión de los expertos, que la autoridad volviera a estar de moda. Pero advierte Juan Carlos Jiménez del peligro de los movimientos pendulares: “Que estemos en un momento de pérdida de autoridad no quiere decir que debamos volver a elementos antiguos para compensar. Hay que tener en cuenta que la autoridad debe ser una guía y no una imposición; no se trata de volver a un poder máximo”. Coincide María García, para quien “no debemos regresar al autoritarismo. Toda sociedad organizada, necesita de autoridad para que funcionen las cosas. Pero ésta debe basarse en la confianza; de otro modo, sólo existe la imposición del que tiene más fuerza, poder o dinero”.
La búsqueda del bien
Una de las prioridades, para José Antonio Ibáñez, sería “recordar a todo el mundo la importancia de la educación en el bien y en la búsqueda del bien. Hemos de saber definirlo y defenderlo tanto en nuestra vida personal como en la vida social”. Además, en el ámbito político “debería hacerse un esfuerzo para rechazar a aquellas personas que no estén preocupadas por el bien común y que sólo pretendan continuar en el poder. Se puede participar de mil maneras, incluso mandando cartas a los medios de comunicación, pero nadie puede sentirse ajeno”.
Un último elemento sería, según Juan Carlos Jiménez, “el establecimiento de reglas de convivencia. Faltan criterios: el hecho de que ahora se esté promoviendo una asignatura como la educación para la ciudadanía sólo puede explicarse porque se han perdido las normas de convivencia”.

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home